EN ALGÚN LUGAR


Está dormida. Me abrazo a su cuerpo pequeño. Me salva de la ansiedad, de la tristeza, de todo lo malo. Y ahí, entre las sábanas, se acurruca la paz muy cerca de su pijama.

Siento su respiración calmada, su cuerpo torácico pequeñito que se mueve, acompasado, en mitad de la noche; sus cabellos muy finos que me hacen cosquillas en la cara. Los demonios no osan acercarse. Si ella está conmigo no existen. Y si existen haré que echen a volar de un manotazo.

Está en el terreno de los sueños, muy lejos de la cama. Quizá esté en el patio del colegio o en casa de los abuelos. Quizá esté sobrevolando la ciudad dormida o hablando con algún unicornio perdido en mitad de la nada. Quizá esté soñando conmigo, con que le hago dos trenzas, con la que la abrazo, con que la beso, con que la quiero.

Eso último no lo sueña porque ella ya lo sabe. Y los sueños son para soñar las cosas que no sabemos. Pero seguro que nota el calor de mi cuerpo ahora, en este momento, esté donde esté. Quiero que lo guarde y que lo retenga fuerte, escondido, bajo llave. Sólo para ella. Quiero que lo acumule para cuando le llegue el primer frío de cuando nos hacemos mayores. Ese que atrae a los demonios que ella aún no conoce.

PEQUEÑA MAYA



La pequeña Maya anda flotando en un espacio acuoso, suave, tibio. Los ruidos de aquí fuera le llegan amortiguados. Ahora solo descansa, duerme, se prepara.

¿Intuye? ¿Piensa? ¿Sueña?

Un cerebro pequeño que se proyecta hacia un pequeño planeta, hacia un mundo minúsculo habitado por seres microscópicos con ilusiones de gigante.

Maya viene de las estrellas. Todos venimos de las estrellas y a las estrellas hay que volver. Lo dijo alguien muy viejo en una película demasiado hermosa*. Nos transformamos en las entrañas de nuestras madres y cuando caemos ahí, directos desde la Vía Láctea, ya no hay marcha atrás.

Obligados a caminar hacia adelante, siempre.

Maya es el resultado de un deseo global, de un conglomerado de muchos anhelos juntos. Maya y Altea y Alejandra y Jofre y todos esos trocitos de piel y huesos que se están gestando en todos los vientres de todas las madres del mundo.

Trozos de vida palpables que ya han empezado a existir.

Ellos son el futuro ejército (sin armas, con amor) que convertirá nuestro planeta en un espacio más grande, para poder estirar los brazos, las piernas, los dedos y todos nuestros deseos.

*El cielo gira, de Mercedes Álvarez.

NI SIQUIERA UNA MADRE



Una niña muy pequeña llora y llora y llora en un vagón repleto. Llora mucho. Llora mares, hacia fuera; llora un llanto grande, abundante, inconsolable. Interminable. (Yo mientras lloro por dentro un llanto pequeño y encogido, arrugado). El suyo pasa por encima de todas las cabezas, traspasa limpiamente los asientos y los oídos de una madre imperturbable. Es como si no hubiera nadie. Sólo el llanto. Si lo quitamos, silencio. Ni siquiera las respiraciones. Ni siquiera el aire. Ni siquiera una madre. 

Solo el tiempo que no pasa.

La niña ha llorado tanto tanto que sus lágrimas ya no tienen efecto. Puede que lleve horas llorando. Puede que lleve días, o meses. Quizá llora desde el día que nació y aún no ha obtenido respuesta.

Un día dejará de llorar porque las lágrimas también se acaban, como todo. Los ojos se le quedarán secos. El alma también. Entonces se convertirá en una persona imperturbable, como su madre; en una persona de esas que no lloran, o sea que no son personas, como su madre. Y cuando crezca dejará llorar a su bebé hasta la extenuación y estará cometiendo un crimen, como su madre, y criando a una futura criminal, como ella misma.

*Dibujo de Krlos Reyna

AL CUMPLIR OCHENTA



“Si a los ochenta años no estás ni tullido ni inválido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas de una buena caminata y una comida sabrosa, si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando, eres de lo más afortunado y deberías arrodillarte en la mañana y en la noche para darle gracias al Señor por mantenerte en forma.

En cambio si eres joven pero ya tienes cansado el espíritu y estás a punto de convertirte en autómata, sería bueno que te atrevas a decir de tu jefe –en silencio claro- “¡Al carajo con ese fulano, no es mi dueño!”.

Si no te has quedado culiatornillado y te sigue emocionando un buen trasero o un magnífico par de tetas, si todavía puedes enamorarte las veces que sea y si perdonas a tus padres por el delito de haberte traído al mundo, si te hace feliz no llegar a ningún lado y vivir al día, si puedes olvidar y perdonar y evitar volverte amargado, cascarrabias, resentido y cínico, hombre, ya vas ganando.

Lo que importa son las pequeñas cosas, no la fama ni el éxito o el dinero. La cima es muy estrecha pero abajo hay muchos como tú que no se estorban ni molestan. Ni por un instante se te ocurra que los genios viven felices; todo lo contrario, da gracias por ser del montón.”

                                                                                                                                                                                   Henry Miller.

EN EL JARDÍN



Estoy sola en el jardín con un libro abierto en el regazo. Con un montón de palabras de otro que descansan sobre mis piernas.

Se oye el trino de un pájaro que no descansa y hojas que se acarician con el viento. Interminables orgías en las copas de los árboles encima de mí.

Viento agradecido en una tarde de calor que pasa por debajo de mis piernas, por entre mis dedos. Que hace bailar mis mechones. Que me hace cosquillas en la cara aunque mi cuerpo está dormido y pesado, ausente.

Ahora ese viento se irá a buscar a otro a quien despertar, a quien acariciar. Y luego a otro y luego a otro. Un montón de suaves despertares en cadena en hamacas de jardines de todos los lugares.

Mis párpados se despegan con dificultad. Pesan mucho.
Veo lucecitas en el césped. Son los rayos que se filtran rectos entre las hojas. Luces y sombras que se mueven al compás del viento y del trino del pájaro que no descansa.

Dormir o despertar aquí, ahora, es exactamente lo mismo. Creo que es la paz, que se encuentra sólo en algunos lugares, en algunos momentos y en algunas personas.
Hoy, aquí, se ha quedado un buen rato conmigo.

CASTELLS 25



Estaba al final de un callejón sin salida. En un rincón de trastos viejos. Detrás de una puerta muy azul.

Casita pequeña de colores, canciones y mujeres.

Oasis de yeso y uralita, arrinconado entre paredes llenas de palabras. De risas, lágrimas y confesiones. De verdades enteras y mentiras a medias. De puñales y de besos.

Era la visión del futuro en unas cartas gastadas. Era olor a incienso. Era un cojín rojo con forma de corazón. Los crujidos de las escaleras que subían hasta la terraza de suelo ondulado. Era el frío que te paralizaba en invierno. Era un baño en el patio.

Taponaron sus ventanas con cemento y agonizó durante meses.
Hasta que la tiraron con toda su vida dentro.

Oasis de madera y cemento, arrinconado entre canciones, relatos y recuerdos.

Y aún hay quienes creen que ya murió.
(Nunca estuvo tan viva.)

Castells 25. Barcelona. Ellas y yo. 

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LA ESPERA



Muchas mañanas se sienta en el mismo banco. Sobre todo si hace sol. 
Se coloca en la esquina, al lado de un gran vacío. Y espera.

Siempre el mismo gesto. Erguida, dispuesta. Pies juntos, bolso en mano y cabeza moviéndose hacia los lados.

Oscila.

Ronda los 80 y viste flores y diadema. Melena blanca. Zapatos blancos. Mirada negra. Oscura, profunda, que ahoga y que asusta. Cuello arrugado con mil cadenitas de oro repletas de medallas. Todas juntas y mezcladas. Toda la riqueza acumulada en todo su tiempo.

Está dispuesta a levantarse en cuanto llegue alguien que no llegará.

Y pasas por delante y levanta la cabeza. Y te mira y te das cuenta de que sabe muy bien que espera algo que ya no existe.

Y te pones triste porque sabes que esa espera que le da la vida no es otra cosa que la espera misma de la muerte.

DE ESPALDAS



Vivimos de espaldas. A los otros, a la vida, a nuestra propia esencia.
Compartimos el mundo pero lo hemos subdividido en millones de mundos pequeños, estrechos, prácticamente inhabitables. Nos hacemos los ciegos, los mudos y los sordos. Nada nos importa y nada nos afecta. Hemos perdido la perspectiva, y ya poco podemos hacer.

Muchos no tienen ni idea de qué es lo que hacen aquí. 
Tampoco se lo plantean.
No sirven para nada. No aportan nada.

Sombras de personas que nacen, se reproducen y mueren. Solo cuerpos que se transforman con el tiempo. Carne y huesos. Ni sienten, ni padecen. Indiferentes, vacíos, huecos.

EN LA PLAZA



Algunas tardes bajamos a la plaza. Cuando el sol empieza a esconderse. Es el mejor momento.  Todo el mundo lo sabe.

Las sombras se alargan interminables sobre los adoquines. Si hiciéramos una foto y elimináramos a todas las personas, solo quedarían sombras estrechas haciendo aguas, moviéndose como si estuvieran en una pecera caliente de piedra gris. Y sobre ellas, decenas –o cientos, o miles, o cientos de miles- de pájaros cantarían histéricos como lo hacen todas las tardes, como si se acabara el mundo. Aunque solo se acaba el día, nada más.

La luz se pelearía por colarse entre cualquier grieta y lo lograría, al fin, haciéndose un hueco entre los edificios rojos repletos de ventanas vacías.

Ayer bajamos con las princesas. Ella siempre lleva algún juguete a los escalones del centro de la plaza. Siempre está soñando. Siempre quiere estar ahí, acompañada de las sombras y de los rayos testarudos, del escándalo de los trinos.

Y ayer junto a los trinos una marea de gente gritaba pidiendo casa y trabajo. Llevaban flores y pancartas y gritaban y gritaban y gritaban. Tanto gritaban que los pájaros se callaron y los rayos les iluminaron. Solo las sombras de la plaza permanecieron flotando en su pecera, indiferentes, quietas, ajenas.

MALEN



Hoy he recibido un mensaje precioso. Una chica me ha escrito para darme las gracias porque se siente acompañada cuando me lee. Dice que siente la necesidad de hacerlo cuando tiene un ratito y lo mejor de todo es que me lee mientras le da el pecho a su pequeña. Me he emocionado.

Desde aquí las gracias vuelan hoy hacia ella, no por leerme, sino por hacerlo como lo hace.  

Porque la forma de hacer las cosas es más importante que las cosas en sí mismas.

Por tomarse la molestia de decírmelo de una manera tan natural, tan limpia, tan de verdad.

Porque me encanta formar parte de un momento tan íntimo como amamantar a un bebé, especialmente si es de madrugada.

Y sobretodo porque los que escribimos, en el fondo, también lo hacemos para sentirnos acompañados. Y si me lees, me acompañas.