El jueves, sentada delante de mi ordenador, me disponía a trabajar como cada mañana. No pude porque había una mariposilla que no dejaba de revolotearme por dentro. Emocionada por el movimiento ciudadano en todas las plazas del país y otras tantas allá fuera, escribí un texto deseando una feliz era nueva a todos.
Hoy la mariposilla tampoco me deja trabajar, pero porque se ha convertido en gusano y la tengo pegada en la boca del estómago.
Contando las horas para poder ir a Sol o bajar a la Fuente Dorada de Valladolid, creí que por fin habíamos abierto los ojos y nos estábamos reuniendo para intentar cambiar las cosas, para conseguir un mundo mejor, más humano y menos económico, para poder vivir tranquilos. Lo estábamos haciendo, lo estamos haciendo y lo seguiremos haciendo, porque somos muchos, pero los resultados de ayer me demostraron que aun hay gente que no quiere justicia o que simplemente se comporta como autómata de un sistema enfermo.
Como dice mi papá, tenemos a todo el grueso del pueblo en contra por envidia, por maldad, por ignorancia, por estupidez, porque no quieren que se mueva una piedra. Es cierto. Pero mi papá es muy negativo. Yo creo que hemos conseguido lo más importante. Movilizarnos, organizarnos, soñar en colectivo. Y podemos cambiar las cosas, estoy segura.
Alguien ha escrito hoy: “Escojo la esperanza porque la virtud del revolucionario es la paciencia. No lo olvides y no vuelvas a dormirte, porque estás más guap@ despiert@”.
Pues eso. Todos bien despiertos.
Besos revolucionarios
Entre ser poeta o simplement viure, hi ha una bella possibilitat, que és viure poèticament | Joan Vinyoli
FELIZ ERA NUEVA (2)
Hacía días que no encontraba motivos para escribir. Y ya los tengo. Y son poderosos.
Por primera vez en mi vida estoy viendo un cambio que se está contagiando como la peor de las epidemias. Bendita epidemia. Ahora sí. Hasta ahora no hacía más que oír a gente quejarse de todo: de los sueldos, de los bancos, de la falta de trabajo, del sistema. Del sistema. Este sistema que nos ha convertido en cazadores de dinero, en buscadores de comodidad y en devoradores de los otros.
Ha hecho falta mucho tiempo y mucho cansancio para decidirnos a abrir los ojos y empezar a movernos. Pero parece que por fin ese cambio de era que algunos vaticinaban, esa nueva conciencia que estaba por llegar, ha empezado a introducirse poco a poco en las cabecitas de muchos.
Es posible que los cambios a efectos prácticos, físicos, visibles, no sean definitivos. Es muy difícil acabar con algo que lleva tanto tiempo construyéndose. Es el principio del fin o el final del principio. De algo muy largo. Pero lo que está cambiando es algo que no se ve y que es mucho más grande.
Es una guerra silenciosa, pacífica, invisible, que se gesta dentro de todos, de cada uno.
Feliz nueva era, ahora sí.
Los que no hayáis salido aun a la calle, hacedlo, es el momento.
Y sobre todo, votad con amor, con amor a todos.
Feliz era nueva (1)
Democracia Real Ya
Spanish Revolution
Por primera vez en mi vida estoy viendo un cambio que se está contagiando como la peor de las epidemias. Bendita epidemia. Ahora sí. Hasta ahora no hacía más que oír a gente quejarse de todo: de los sueldos, de los bancos, de la falta de trabajo, del sistema. Del sistema. Este sistema que nos ha convertido en cazadores de dinero, en buscadores de comodidad y en devoradores de los otros.
Ha hecho falta mucho tiempo y mucho cansancio para decidirnos a abrir los ojos y empezar a movernos. Pero parece que por fin ese cambio de era que algunos vaticinaban, esa nueva conciencia que estaba por llegar, ha empezado a introducirse poco a poco en las cabecitas de muchos.
Es posible que los cambios a efectos prácticos, físicos, visibles, no sean definitivos. Es muy difícil acabar con algo que lleva tanto tiempo construyéndose. Es el principio del fin o el final del principio. De algo muy largo. Pero lo que está cambiando es algo que no se ve y que es mucho más grande.
Es una guerra silenciosa, pacífica, invisible, que se gesta dentro de todos, de cada uno.
Feliz nueva era, ahora sí.
Los que no hayáis salido aun a la calle, hacedlo, es el momento.
Y sobre todo, votad con amor, con amor a todos.
Feliz era nueva (1)
Democracia Real Ya
Spanish Revolution
DE GIGANTES Y SOMBRAS

Me acabo de terminar un libro de esos en los que las palabras se mastican y se tragan. Ha sido una experiencia deliciosa. “Prosa poética”, dice mi vecina… Será. Habla de la muerte de una madre, de gigantes y de sombras. De recetas y de amor. De vacío.
Y yo, subrayadora nata de cualquier tesoro que encuentro entre las páginas, he dejado el libro repleto de mis líneas torcidas a lápiz.
“Papá se las apaña bien al volante. No obstante, conducir con una tormenta de soledad y vacío es complicado. Todo arde, todo explota, los árboles clavados al revés en el cielo, el cielo clavado en el parabrisas.”
“Estoy colgado de mi esqueleto.”
“Hay anestesia en las tostadas. La hemos puesto por todas partes, para que nadie explote.”
“Me pesa todo el cuerpo, creo que es porque un corazón roto se diluye por todas partes a través de las venas, se extiende y se infla. Y te vuelca como si acabaras de darte un buen porrazo al caerte de la bicicleta, desnudo.”
“La casa está en apnea –lo está todas las noches-, solo tosen las sombras alguna que otra vez, cuando papá baja las escaleras en mitad de la noche.”
“Entramos en el país de los muertos. El cielo es blanco como el interior de una nube, y las estrellas negras como agujeros de tinta. Noche en mitad del desierto, en negativo.”
Mathias Malzieu. la alargada Sombra del Amor
Probadlo.
EVOCACIONES
Entierra todos sus juguetes en la arena. Hunde las manos, se embardurna, se reboza. Mientrastanto habla, canta, cuenta el cuento de Cenicienta.Está en otro lugar.
La tierra está caliente.
Ella está feliz.
Un día, dentro de veinte años, estará tumbada en la playa con la mente vacía y recordará esa sensación al notar su cuerpo sobre la arena. Vivirá unos segundos de bienestar inexplicable y no sabrá de dónde viene. Le gustará pero nunca sabrá por qué.
SIMÉTRICAS
Hay dos mujeres en mi barrio que son como un espejo andante. Digo dos porque son dos cuerpos los que caminan, pero todo indica que por algún acontecimiento extraño, las dos forman un solo ser. Los gemelos, ya de por sí, fascinan. Lo sé porque soy gemela y nunca he entendido del todo esa fascinación. Pero con estas dos mujeres me pasa algo extraño. Yo creo que a mí y a cualquiera que se cruza en su camino.
No solo son iguales sino que se visten exactamente igual, llevan el mismo corte de pelo y caminan al mismo paso. Lo digo en serio. Caminan al mismo paso. Además llevan el bolso cada una a un lado, como si fueran un espejo. Yo creo que si una se cae, la otra también lo hace.
Normalmente los gemelos hacen todo lo posible por diferenciarse, reivindican su individualidad frente al conjunto que forman ante el mundo. Pero estas dos mujeres hacen todo lo contrario, reivindican su pertenencia a ese grupo único eliminando cualquier pequeño indicio de individualidad. Ellas no son una. Nunca serán una. ELLAS SON DOS.
Seguro que viven juntas, sino no podrían mantener tal sincronía. Me imagino su habitación: un espacio partido en dos, con dos camas cubiertas por la misma colcha, dos mesillas de noche y dos armarios. Seguro que se meten en la cama al mismo tiempo y se dan las buenas noches a la vez, apagan la luz de las mesillas y se tumban al unísono para soñar individualmente o de manera conjunta, quién sabe.
La unión de los gemelos univitelinos es muy fuerte. Pero la de estas dos mujeres es muy fuerte multiplicada por 10.000. Entonces, el día que una muera ¿qué pasará con la otra? Seguramente morirán las dos a la vez. Lo contrario sería como dejar a una persona viva partida por la mitad, o sea, algo imposible.
ANTES DE MORIR QUIERO

Me mandan un e-mail de esos que parecen una cadena. Normalmente los borro directamente, pero en éste el título me gustó especialmente. Y además me lo mandaba mi hermana, anticadenas, motivo doble para abrirlo. “Antes de morir quiero…” se llamaba. Al hacerlo, una foto de una pizarra gigante donde alguien ha continuado la frase escribiendo “…destacar en algo”, y debajo una letra diferente que dice “…salvar una vida”. Otro pone simplemente: “...divertirme”. Quizá sea el más sabio de todos.
Resulta que un artista decidió convertir una casa abandonada de Nueva Orleans en una pizarra gigante donde la gente podía continuar esa frase. Esas cuatro paredes que cualquier grúa hubiera derribado sin miramientos, pasaron a ser una colección de deseos anónimos incumplidos (o cumplidos, aunque cuando uno desea algo con mucha fuerza es porque no lo ha logrado nunca).
He estado pensando en cómo continuaría yo la frase, pero tengo muchos finales posibles. Todavía. Hay otros que, por conseguidos, han dejado de ser deseos. He estado pensando, también, que todos mis finales serán iguales que los vuestros y que los de los que han escrito con letras torcidas en la casa de Nueva Orleans. Porque al final, todos los deseos confluyen en uno.
COMPLICIDAD

Un poema de Elena Parreño (no es una magia o un don, solo el resultado de comprender lo que no se sabe decir):
Alguien ha movido la rama del árbol
que enmarca mi ventana...
Quizá fue una melodía, o una ilusión al pasar.
Yo no sé quién habla desde el otro lado,
qué insólita energía
advierto y encauzo.
La dulzura es la conciencia de todas las cosas
tomada con estoicismo.
No es una magia o un don,
solo el resultado
de comprender lo que no se sabe decir,
es un modo de añadirle a la sonrisa
el afecto ancestral de lo común.
Nadie está solo:
alguien ha movido la rama del árbol
que enmarca mi ventana.
que enmarca mi ventana...
Quizá fue una melodía, o una ilusión al pasar.
Yo no sé quién habla desde el otro lado,
qué insólita energía
advierto y encauzo.
La dulzura es la conciencia de todas las cosas
tomada con estoicismo.
No es una magia o un don,
solo el resultado
de comprender lo que no se sabe decir,
es un modo de añadirle a la sonrisa
el afecto ancestral de lo común.
Nadie está solo:
alguien ha movido la rama del árbol
que enmarca mi ventana.
DOS CORSÉS GEMELOS

Siempre me han gustado los mercadillos. Tienen algo de meterse en las casas ajenas. El suelo se llena de trocitos de vidas, normalmente vidas antiguas que ya nadie reclama y que se venden a un euro. Los vendedores colocan esos pedazos sobre mantas o sobre sábanas para que no se ensucien más de lo que ya están. A veces los dejan tumbados sobre el mismo suelo duro. Cuando uno ve esas paraditas piensa “¿Quién va a querer un tapón de bañera usado? ¿Y una foto arrugada en blanco y negro de una familia numerosa? ¿Quién va a querer una estatua rota que ya no se aguanta de pie?”. Alguien lo quiere. Y sorprendentemente son las paradas más llenas. Más que las de 12 calcetines a 1 euro y más que las de bragas gigantes imposibles de encontrar en ningún otro sitio. La gente se apelotona frente a ellas intentando encontrar algún tesoro entre muñecas desnudas despeinadas y bolsas llenas de serruchos oxidados.
Esta mañana, paseando entre todas esas riquezas, he encontrado algo que superaba cualquier hallazgo surrealista. En una esquina, al lado de una película de Braveheart y tras una montañita de peluches, había dos corsés ortopédicos. Eran iguales, del mismo tamaño, hechos la medida de dos cinturas estrechas de antaño. Uno de ellos tenía restos del esparadrapo que su dueña colocó para evitar las llagas (y digo dueña porque lo más probable es que fuera de una mujer).
Antes de hacer la foto y pasar de largo he sentido la necesidad de “rescatarlos”, pero en realidad ya no los quiero para nada. Demasiados médicos, demasiadas radiografías, demasiadas llagas y moratones. Así que ahí los he dejado, para el próximo que quiera compraros.
Esta mañana, paseando entre todas esas riquezas, he encontrado algo que superaba cualquier hallazgo surrealista. En una esquina, al lado de una película de Braveheart y tras una montañita de peluches, había dos corsés ortopédicos. Eran iguales, del mismo tamaño, hechos la medida de dos cinturas estrechas de antaño. Uno de ellos tenía restos del esparadrapo que su dueña colocó para evitar las llagas (y digo dueña porque lo más probable es que fuera de una mujer).
Yo llevé un corsé ortopédico, yo tenía una cinturita antaño y yo colocaba esparadrapo para evitar las llagas. Yo tengo una hermana gemela cuyo corsé ortopédico era gemelo del mío. Como esos dos. Por eso al verlo he sentido que parte de mi vida estaba tirada en el suelo y que cualquiera podría comprarla. ¿Cuánto costarían? No he querido preguntarlo. Pero si compras uno tienes que comprar los dos. ¿Quién puede querer comprar dos corsés de plástico hechos a medida? ¿Por qué el vendedor no le ha quitado ni siquiera el esparadrapo? Y lo más importante de todo, ¿Por qué ha colocado delante una “L” de conductor novato?
Antes de hacer la foto y pasar de largo he sentido la necesidad de “rescatarlos”, pero en realidad ya no los quiero para nada. Demasiados médicos, demasiadas radiografías, demasiadas llagas y moratones. Así que ahí los he dejado, para el próximo que quiera compraros.
MADRID, TE QUIERO
Empezó como un ejercicio de clase en octubre de 2009. “Tenéis que escribir un guion de cortometraje. La consigna es ‘Madrid, te quiero’ o ‘El amor en Madrid’”, soltó mi estimado y admirado profesor, Pedro Loeb. “¡Para la semana que viene!”. (Es muy exigente). Entonces mi cabecita empezó a dar vueltas. ¿El amor? ¿En Madrid? En realidad el amor es igual en todas partes ¿no? Bien. Tenía que buscar, inventar y construir una historia de amor. Básico: que no fuera muy cursi, pero básico también: que fuera romántica, de amor de verdad, del bonito. Pero ¿con final triste o con final feliz? Pues un poquito de los dos. Agridulce le he llamado. También sería interesante que hiciera reír un poco, porque ir al cine sólo a llorar no mola. Comedia agridulce pues.Eché a volar mi imaginación, cogí un trocito de aquí, un trocito de allá, metí a un joven graciosillo que se comería la pantalla, a una tristeyatractiva mujer madura con mirada de abismo y, lo más importante, una flor de pelo que se convertiría en coprotagonista. Lo mezclé todo y ¡chas! Tras innumerables reescrituras nació esta historia, “Una flor en recepción”.
Un amigo me animó a que lo rodáramos juntos. Pero ese amigo (sí, tú, Manuel), me abandonó. Y yo, despechada, pensé “¡Pues ahora lo voy a hacer yo sola! Con mi dilatada experiencia (un cortometraje y con ayuda) seguro que me sale bien”. Además ¿Sabéis qué? Que yo siempre he tenido una flor en el culo (manera vulgar de decir que tengo mucha suerte).
Hoy, casi un año y medio después de concebir el germen de esta historia, mi querido hijito está de camino. Tras una eterna preproducción (en Valladolid), rodaje (en Madrid) y posproducción (en Barcelona) con inconvenientes de todos los colores y gastos y gastos y más gastos, un disco duro vuela en un avión caminito de mi casa. ¡Esta noche lo veré! ¡Con su color de cine! ¡Con su música de película! ¡Con sus actores grandes grandes! Lo cierto es que ya lo he visto tantas veces que lo he aborrecido un poco, y eso que aún no se ha estrenado. Pero hoy lo veré por primera vez al completo. Y me voy a emocionar. Sí, me voy a emocionar.
Gracias a todos los que habéis hecho posible esta historia. Ya sabéis quienes sois.
LA CHICA DEL COLUMPIO
Abrigo largo, pantalón de pana y zapatos de niña pequeña. Lleva un moño muy grande despeinado y atravesado por un larguísimo palo de madera. Debe tener una melena muy larga, pero se la recoge de mala manera y se pone unos cascos gigantes que le sirven también de orejeras. Siempre va igual. Así vista, hace un poco de gracia. Se esconde entre sus ropas pero la belleza se le escapa por todas partes. Todavía no se ha dado cuenta. O quizás sí, pero se empeña en retenerla.Debe tener 20 años, quizás alguno más. Llega todos los sábados al parque a eso de las 11, cuando aún no hay gente, y se sienta en un columpio. Siempre en el mismo. Entonces empieza a columpiarse muy fuerte, como si quisiera salir volando, forzando las cadenas poco acostumbradas a cuerpos adultos. A veces incluso cierra los ojos y llega muy muy alto.
Me encantaría saber qué música escucha, si es que es música. Sea lo que sea, debe ser algo raro. Tiene cara de leer mucho, de estar todo el día en otros mundos, de querer desaparecer, de no querer ser observada.
Se columpia entre media hora y una hora, sin parar, dependiendo de la gente que haya, empujándose enérgicamente con sus largas piernas. Abrigo para arriba, abrigo para abajo. Abrigo para arriba, abrigo para abajo. Y cuando acaba, hunde sus zapatos infantiles en la tierra, se baja y se va tranquilamente por donde ha venido sin mirar a nadie.
Un día, después de que se marchara, me subí al columpio. Había olvidado esa sensación. La había olvidado tanto que se me revolvió el estómago y la cabeza empezó a darme vueltas. Ya no estoy acostumbrada. Y quizás debería volver a acostumbrarme porque al cerrar los ojos, suspendida en el aire, tuve la sensación de estar volando. Como en los sueños pero de verdad.
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