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mi plaza gris

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Me gusta cruzar la plaza en diagonal, por la mañana, de punta a punta, siempre al revés y cuando todos se han ido. El barullo nocturno se aleja por los callejones dando traspiés, deambulando, desorientado y borracho. Ahora solo silencio y el leve aleteo de palomas adormecidas. Adoquines mojados. El trino de algún pájaro que reclama furioso su libertad.

Entonces aparezco yo, en la punta de la esquina de mi adorada plaza gris, dispuesta a cruzarla con los poros abiertos, de puntillas para no despertar a los que siguen soñando en el interior de balcones cerrados.

Decenas de cuerpos a mi alrededor reposan en posición horizontal al mismo tiempo. Cientos de sueños se escapan por las ventanas, por las rendijas, atraviesan las paredes y se unen a mi. Los arrastro cruzando la plaza, de punta a punta, de esquina a esquina. Y cuando ya hemos llegado se elevan hasta perderse de vista. Diminutos globos de helio por encima de mi, hasta desaparecer por completo. Yo ya he llegado. Todos despiertan. Los sueños se han ido. La mañana está aquí.

DEBAJO DE MI VENTANA

Vivo en un primero. La ventana de mi dormitorio da a una calle estrecha, alargada, menuda. Cuando me meto en la cama me duermo con retazos de vidas ajenas, con palabras sueltas pronunciadas a escasos metros de donde estoy tumbada. Antes de perderme en mi subconsciente, frases inconexas y emociones de todo tipo rompen el silencio que me invadirá en poco tiempo.


Voz de hombre: "¡Llama a tu abogado! ¡Llámale! ¡Que yo voy a llamar al mío! ¡Taxi!". Al poco, un frenazo, un portazo y el motor de un coche. Tacones que se alejan.

Tres voces jóvenes entonan una canción en italiano desde el final de la calle. Ópera. Son rítmicas, melódicas y estan perfectamente ensambladas. Me asomo. Absorta, en pijama, asisto a una actuación magnífica hasta que los vecinos les mandan callar.

Carcajadas sonoras en plena noche. Chicas que no pueden aguantar la risa. Se ríen de alguien. Han bebido de más. Las risas y la envidia desaparecen con ellas.

Alguien chuta una lata aplastada desde el fondo de la calle. Ni se imagina el estruendo que hace en plena madrugada. Tres minutos eternos. Desidia, vacío. Soledad.

Una chica triste que pasea. Camina, habla por teléfono y llora. Sus palabras son ininteligibles. Se aleja con su llanto.

Sonidos, palabras, pasos, golpes. La vida pasa por debajo de mi ventana mientras yo me alejo de ella. Hasta el día siguiente. Hasta la noche siguiente. De madrugada. Desde mi ventana.

SIMÉTRICAS


Hay dos mujeres en mi barrio que son como un espejo andante. Digo dos porque son dos cuerpos los que caminan, pero todo indica que por algún acontecimiento extraño, las dos forman un solo ser. Los gemelos, ya de por sí, fascinan. Lo sé porque soy gemela y nunca he entendido del todo esa fascinación. Pero con estas dos mujeres me pasa algo extraño. Yo creo que a mí y a cualquiera que se cruza en su camino.

No solo son iguales sino que se visten exactamente igual, llevan el mismo corte de pelo y caminan al mismo paso. Lo digo en serio. Caminan al mismo paso. Además llevan el bolso cada una a un lado, como si fueran un espejo. Yo creo que si una se cae, la otra también lo hace.

Normalmente los gemelos hacen todo lo posible por diferenciarse, reivindican su individualidad frente al conjunto que forman ante el mundo. Pero estas dos mujeres hacen todo lo contrario, reivindican su pertenencia a ese grupo único eliminando cualquier pequeño indicio de individualidad. Ellas no son una. Nunca serán una. ELLAS SON DOS.

Seguro que viven juntas, sino no podrían mantener tal sincronía. Me imagino su habitación: un espacio partido en dos, con dos camas cubiertas por la misma colcha, dos mesillas de noche y dos armarios. Seguro que se meten en la cama al mismo tiempo y se dan las buenas noches a la vez, apagan la luz de las mesillas y se tumban al unísono para soñar individualmente o de manera conjunta, quién sabe.

La unión de los gemelos univitelinos es muy fuerte. Pero la de estas dos mujeres es muy fuerte multiplicada por 10.000. Entonces, el día que una muera ¿qué pasará con la otra? Seguramente morirán las dos a la vez. Lo contrario sería como dejar a una persona viva partida por la mitad, o sea, algo imposible.

EL TONTO DEL SEGUNDO

Tengo un vecino que es muy tonto. Un fastidio humano que nació para estorbar. Todos tenemos nuestra función en el mundo y él nació para eso, pobrecico. Lo peor de todo es que me ha tocado tenerle tres pisos más abajo y ¡Mira que hay metros! Pero aun y así, y muy a mi pesar, le oigo. Bueno, yo y todo el vecindario. El chaval se esmera bastante.

Es tan tonto que ayer, a las diez y media de la noche empezó a dar martillazos. No sé si estaría construyendo un refugio antinuclear o dándose de cabezazos contra la pared pero si mirabas al patio interior, las cabecitas de los vecinos iban asomándose y diciendo “Ssssstth!”. Luego: “¡¿Quieres para ya?!”. Luego “¡Que hay niños durmiendo!”. Y él erre que erre. Lo único que se le oía decir era “¡Hasta las 11 puedo hacer ruido!”. No sé de dónde habrá sacado eso pero el muy limitado no paraba de repetirlo. ¡Ah! Y sus amiguitas (tontas también, dimeconquienvasytediréquieneres) se reían escandalosamente como si fuera superdivertido todo lo que estaba pasando. Supongo que debió ser una de las experiencias más extremas de sus vidas.

Total, que al final hubo que bajar. Con la cena puesta en la mesa, dos valientes salieron al rellano y bajaron la escalerita de caracol con baranda verde. “¡Ring! ¡Riiiing!” ¡Abrió súper rápido! “¡¿Qué pasa?!”. El muy tonto temblaba de nervios y todo, porque claro, sabía que la estaba liando. Y, cómo no, dijo su archiconocida frase: “Hasta las 11 tengo tiempo”. “¿Pero no te importa molestar a todos los vecinos?”, le dijo Valiente 1. “Hasta las 11 tengo tiempo, y si no tienes nada más que decir…”. ¡Y le cerró la puerta en las narices! Encima estúpido. Es una cajita de sorpresas.

Entonces Valiente 1 y Valiente 2 subieron y tras un minicomité en el rellano se decidió llamar a la policía si seguía con el martillito. Pero paró. Qué triste llegar a eso. Lo más triste de todo es que Don Molesto, el tonto del segundo, pone a menudo la tele o la música a todo volumen a horas intempestivas. En estos casos ¿qué hay que hacer? Yo he de confesar que hoy le he molestado un poquito pero solo un poquito, ni una milésima parte de lo que me molesta él a mí. Le he picado por la mañana y durante la siesta, porque seguro que duerme todo el día, qué va a hacer si no. El mundo se abre ante él como un territorio inhóspito lleno de seres a los que molestar. Así que nada, a ver cómo se porta esta noche.

CUESTIÓN DE ENERGÍAS

La otra noche mi novio se desmayó. En el mismo momento y al otro lado de la pared, nuestra vecina Maruja exhalaba su último aliento y moría. Nos enteramos por la mañana. Me impactó todo. Me chocó ver a mi novio inconsciente, tirado en el baño, con los ojos abiertos y la mirada perdida durante 30 segundos eternos y verle volver poco a poco al terreno de la consciencia.

Me chocó oír un montón de voces en la casa de al lado, donde hasta hoy siempre había reinado el silencio de la tranquila vida de una anciana. Y, ya por la mañana, me quedé de piedra al saber la hora exacta de su muerte: la 3 y pocos minutos, exactamente la misma en la que mi chico se desmoronaba.

Alguien me ha dicho que es una cuestión de energías, que son muy poderosas. Yo no entiendo de eso, pero la casualidad me hizo pensar en ello durante todo el día. Es que mi novio no se desmaya todos los días. Y mi vecina se murió el jueves por primera vez en su vida.

O sea, yo me imagino a una mujer que, intentando agarrarse a la vida por donde sea, conecta con lo que tiene más cerca, que es el vecino que duerme en la casa de al lado, y le roba un trocito de fuerza para poder aguantar un poco más. Y ahí, en esa hora oscura de la madrugada, los dos, pared con pared, yacían tumbados mientras yo intentaba poner en orden mi sistema nervioso.

A Maruja la echaremos de menos. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, te hacía soltar una carcajada fácilmente. Y a mi novio no lo echaré de menos, porque sigue aquí, ahora en posición vertical, pero le diré que guarde muy mucho sus energías en el cajón de la mesita.

AGARRARSE A LA VIDA

En mi rellano vive una mujer que tiene 100 años más que mi hija, o sea, 101. A lado vive otra de casi 90 que tiene cáncer y está en fase terminal. Debajo tenemos a dos hermanas de 92 y 94 años que viven con dos perros gritones bastante mayores. Una de ellas se ha caído 8 veces en dos días (no me lo invento). Y hace poco me enteré de que ya hace años un chaval de 16 años murió de manera repentina en el baño de su casa, dos pisos más abajo.

Con este panorama no quiero eludir a la gente para que venga a visitarme. Simplemente me ha hecho pensar en el dolor que nos rodea sin ni siquiera darnos cuenta. Cómo, mientras yo leo, duermo o hago la comida, dos metros más abajo o en la pared de al lado, hay gente que intenta agarrarse a la vida con una determinación heroica. Cómo el tiempo consume y debilita hasta la extenuación sin dar tregua a un cuerpo enfermo que apenas puede levantarse y que, si lo hace, caerá golpeándose contra cualquier mueble.

La semana pasada mi vecina enferma de cáncer, inteligente y con un gran sentido del humor, se tomaba su tiempo para subir seis escalones. Estaba acompañada de su asistenta y supongo que ya amiga fiel, una chica cariñosa y sonriente que la ayuda desde hace años. Siempre están juntas. Ahora ya casi no se las ve y sí se ve que mi vecina recibe más visitas que nunca.

Hace tres días los perros de abajo empezaron a ladrar de madrugada. Lo hacían tan fuerte que nos despertaban continuamente. Enfadados, intentamos buscar una explicación y la respuesta que obtuvimos fue que los caninos se revelan contra cada enfermera que entra por la puerta para cuidar de su ama. Supongo que también se ponían nerviosos con cada caída. Entonces callamos. Que ladren. Ellos también sufren lo suyo.

La muerte se pasea por aquí fuera y es posible que llegue el día menos pensado. Arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha, da igual. El dolor acecha mientras nosotros nos preocupamos de nuestras rutinas, esas a las que damos una importancia extrema. Solo cuando la Parca viene de visita somos capaces de adivinar cuales son las cosas que realmente importan, o sea, casi ninguna.

MIS VECINOS

Al entrar en mi portería lo primero que me encuentro son seis escalones, una puerta verde y otros tres escalones. Entonces ahí, por el rellano anda siempre Juan, el portero, un hombre entrañable que escucha música clásica, lee tochos forrados con hojas de revista y que siempre me dice que abrigue a mi hija, que en Madrid hace mucho frío. Normalmente al entrar casi siempre me cruzo con la vecina del primero, una mujer mayor con media melena blanca que saca a pasear a su perro veinte o veinticinco veces al día. El caso que nunca la he visto sin él.

Entre que pico y espero al ascensor suelo ver a más personas porque en la planta baja hay una consulta de psicólogos y psiquiatras y hay un tráfico de clientes increíble. Yo al principio tenía una gran curiosidad por saber qué había ahí, porque a veces veía entrar y salir adolescentes con cara de agobio acompañados de sus padres, mujeres maduras o incluso niños. Entonces, como buena vecina cotilla, le pregunté al portero. Y él, como buen portero, me lo comentó. “Y abajo hay un estudio de arquitectura”, añadió como información adicional. ¡Anda! Otro misterio desvelado. Del sótano veo yo subir y bajar gente joven, moderna y guapa y sobradamente preparada que más de una vez me han ayudado a subir el cochecito de la niña por las escaleras.

Bien, cojo el ascensor con una chica. “¿Tu vives en el 5º, no?”, me dice. Pues sí. “Es que veo la cuna de tu hija desde mi comedor y la ropita tendida”, se excusa ante mi cara de sorpresa. “Para cualquier cosa estoy en el piso de arriba”, se despide. Y entro en casa. Desde mi cocina veo la cocina de la vecina de enfrente, una mujer muy mayor que suele estar acompañada por una asistenta. Una noche fuimos a pedirle huevos y tuvimos que picar tres veces y explicar que éramos los de delante para que nos abriera la puerta y cuando vio que solo queríamos dos huevos y no robarle se le abrió el cielo.

Al lado tengo a Sol y Julián, mis vecinos favoritos. Ella es encantadora –con ese nombre no se puede ser mala persona- y habla muy rápido. Él es más tranquilo pero igual de encantador. Ya les hemos invitado a cenar. Y luego delante tengo a otra mujer mayor –hay cuatro casas por rellano- que el otro día me esperaba con un palo de escoba en sa puerta porque me había dejado la mía abierta y quería avisarme y defenderme si hacía falta. Ella estaba en guardia mientras yo, tan tranquila, paseaba con el parque con la puerta de mi casa abierta.

Me gusta entrar en la portería y hablar del tiempo, de las obras de la calle o de la crisis. Y ver bajar al presidente con sus mellizas, al chaval del cuarto con su melena despeinada o al vecino de los dos perros que ladran por la noche. Con vecinos así mola salir de casa, aunque solo sea para salir y volver a entrar.

MI PORTERO AUTOMÁTICO

Llego a Madrid y lo primero que me encuentro en el piso en el que voy a vivir es que el portero automático está conectado con la tele. O sea, que si pongo la 1 no me sale Televisión Española sino la puerta de mi casa, en blanco y negro, a tiempo real. Ahora mismo la tengo puesta. ¿Qué por qué? No sé pero no puedo dejar de girarme y mirar quién pasa.

Puedo decir que, ahora mismo, es el mejor canal que hay en mi tele. La vida real en pantalla. Una manera legal de espiar a todo el que pase por mi calle. Mejor que Gran Hermano y que cualquier reality show de baratija.

El otro día, haciendo zapping, al final me quedé en la 1, en mi 1. Tantos anuncios, series cutres y programas chabacanos no tienen nada que hacer con el atractivo que supone observar la vida misma en una pantalla de 29 pulgadas. Un hombre mayor, pasaba, paseando a su perro. Era tarde ya. Y el muy guarro, se puso a orinar en la rueda de una furgoneta que había aparcada delante. El muy iluso pensó que, en la oscuridad de una calle poco transitada solo su perro observaba como satisfacía sus necesidades más básicas. Pero ahí estaba mi portero automático, silencioso, certero.

Estuve a punto de salir al balcón y decirle algo, pero entonces se pensaría que le estaba espiando, que más o menos era lo que estaba haciendo.

En fin, que estoy muy contenta con mi nuevo canal. Ayer una vecinas hablaban en la puerta. Hubiera dado la vida por saber qué decían... pero solo puedo limitarme a observare imaginar, que no es poco. ¡Ay si hubiera micrófono! Entonces ya me quedaría totalmente enganchada.