
Con este panorama no quiero eludir a la gente para que venga a visitarme. Simplemente me ha hecho pensar en el dolor que nos rodea sin ni siquiera darnos cuenta. Cómo, mientras yo leo, duermo o hago la comida, dos metros más abajo o en la pared de al lado, hay gente que intenta agarrarse a la vida con una determinación heroica. Cómo el tiempo consume y debilita hasta la extenuación sin dar tregua a un cuerpo enfermo que apenas puede levantarse y que, si lo hace, caerá golpeándose contra cualquier mueble.
La semana pasada mi vecina enferma de cáncer, inteligente y con un gran sentido del humor, se tomaba su tiempo para subir seis escalones. Estaba acompañada de su asistenta y supongo que ya amiga fiel, una chica cariñosa y sonriente que la ayuda desde hace años. Siempre están juntas. Ahora ya casi no se las ve y sí se ve que mi vecina recibe más visitas que nunca.
Hace tres días los perros de abajo empezaron a ladrar de madrugada. Lo hacían tan fuerte que nos despertaban continuamente. Enfadados, intentamos buscar una explicación y la respuesta que obtuvimos fue que los caninos se revelan contra cada enfermera que entra por la puerta para cuidar de su ama. Supongo que también se ponían nerviosos con cada caída. Entonces callamos. Que ladren. Ellos también sufren lo suyo.
La muerte se pasea por aquí fuera y es posible que llegue el día menos pensado. Arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha, da igual. El dolor acecha mientras nosotros nos preocupamos de nuestras rutinas, esas a las que damos una importancia extrema. Solo cuando la Parca viene de visita somos capaces de adivinar cuales son las cosas que realmente importan, o sea, casi ninguna.