CREANDO VIDA (CREANDO MUERTE)


Me gustan las fotos de mujeres embarazadas. Me gustan las mujeres embarazadas. Lo que son. Lo que están haciendo. Lo que están creando.

Me gusta mucho esta foto. Me encanta que la barriga no sea perfecta. Que sus formas no sean suaves. Que la tripa parezca estar aplastada por su propia pierna. Me gusta que la mujer sea pálida como la nieve (como el fondo, del que apenas se diferencia), que los pezones sean del mismo color que su pelo. Es una foto bicolor. Blanco y naranja. Me gusta ver al bebé a través de una piel transparente y me gusta que ella, ya madre, nos haga callar para que no despertemos a ese trozo de piel y huesos que tiene clavado en las entrañas.

Hay quien dice que las mujeres, al parir, abrimos el camino del sufrimiento y cerramos el del descanso. Otros creen que la paz en el mundo empieza en el vientre de la madre. Es la bipolaridad propia de las grandes cosas, de las grandes hazañas, de las grandes películas, de las grandes obras.

Foto de David del Val

UNA SOMBRA SIN NOMBRE


Un cuerpo negro se guarda del Sol bajo un árbol que no da sombra. Al fondo su casa, un pequeño iglú de paja y barro, y el cielo. Nada más. Un árbol, una casa, una nube. Un cuerpo que yace solo esperando. El olvido. La muerte.

Un coche pasa, le deja unos sobres de comida deshidratada y se marcha. El cuerpo vuelve a quedarse solo. Llegará la noche. Volverá a hacerse de día. Y así infinitamente. Hasta que, una mañana, el amanecer nos enseñe el cuerpo tumbado bajo el árbol tras una noche en que ya no pudo moverse para volver a casa.

Entonces el árbol esquelético por fin podrá alimentarse del cuerpo negro. La espera acaba. La sombra muere. El olvido vence.


*Foto de Xavi Herrero

MENSAJE

Camino por un puente sobre un río marrón. El suelo es de madera, los bordes de metal. Un puente gris en una ciudad gris bajo un cielo gris. Los ojos se me van hacia abajo, hacia el marrón. Hacia el frío. Y a medio camino me encuentro con algo. Dos candados dorados cuelgan del alambre. Están unidos, entrelazados. Imposible sacarlos. Imposible separarlos. Cuelgan con firmeza del puente gris. ¿Habrán tirado las llaves al río?

En uno de los dos alguien ha escrito un mensaje con mucho cuidado: “Te QuieRo”. Y en el otro, pegado a él, “Javier” y una fecha reciente. Intento colocarlos de manera que salgan los dos en la foto, pero no se puede. Están tan unidos que tan solo puedo sacar a uno de ellos.

Siento que he encontrado un trocito de belleza en la ciudad gris. Me recuerda al final de una película que he visto hace poco, donde el cemento se llena de colores y formas imposibles. Poesía entre los adoquines. Pequeños tesoros en macrociudades desangeladas. Aunque no se vean, existen. Están.

OTOÑO = MELANCOLÍA


Me gusta el Otoño. El color marrón. El amarillo, el naranja. Todos tirados por el suelo en forma de hojas crujientes. Me gusta el frío que no es frío, el viento, la lluvia. Me gusta la oscuridad temprana, los amaneceres helados y el olor a castañas asadas.

Me gusta el Otoño porque es de todo un poco sin llegar a ser todo de nada. Principio de temporada, final de año. Melancolía. Menos luz, más frío. Nostalgia. Depresión postvacacional. Niebla.

Me gusta el cuadro de Munch porque es amarillento, tiene mar y tiene tristeza. Como el Otoño. El final de algo, el principio de todo.

MOBILIARIO URBANO

Están sentados en el centro de la calle. A pleno sol. En la bifurcación de dos caminos que no llevan a ninguna parte. Nadie les mira. Nadie les ve. Llevan tanto tiempo ahí sentados que se han convertido en parte del paisaje. Un mueble, una piedra, una roca con forma humana. Con forma de amor para toda la vida, de amor que ya no es amor. De amor gastado, olvidado, petrificado.

Son un monumento a la soledad, al paso del tiempo, al silencio. A ese silencio que solo pueden mantener ellos entre ellos, para siempre y por siempre. Un silencio que habla, que llora y que grita aunque nadie les mire ni nadie les oiga.

PAISAJES


Vas por la calle. Caminas recto. Al fondo, la estatua de todos los días. A los lados, los árboles de siempre. Delante y detrás, gente que pasea con el periódico del domingo o un helado entre las manos.

Las gemelas pasan, otra vez, por la acera de la derecha. Idénticas, simétricas, no fallan. Es su cita con la vida. Yo sigo mi camino, recto, lineal. Es mi cita con la calle.

Entonces levanto los ojos y me doy cuenta. La estatua de todos los días, al fondo, es hermosa. La “veo” por primera vez. Delante del cielo gris su fuerza se multiplica. Pero no solo reparo en ella. Los árboles de siempre también han adquirido hoy otro significado. Gigantes, imponentes, rodeando a la pequeña estatua, me muestran lo grande que es la naturaleza frente al hombre, o lo pequeño que es el hombre frente a la naturaleza.

Saco una foto. Me parece apocalíptica. El fin del mundo (o un despiadado país de las maravillas).

ABOUT CINEMA


Suelo subrayar las pequeñas joyas que encuentro en los libros. Ahí van algunas de los grandes del cine. Enormes premisas. Ideas al vuelo. Verdades absolutas de los que han sabido contar con imágenes mejor que nadie.


"La imagen y la palabra se complementan en manos de un buen artesano."

"Dirigir un filme es simplemente una extensión del proceso de escribirlo. Todavía se está escribiendo cuando se dirige."

John Huston


"La única diferencia entre tragedia y comedia es el punto de vista."

Howard Hawks


"Todo lo que no es absolutamente necesario es un estorbo. La senda debe estar libre y llevar hacia lo que es esencial, que está al final del camino."

Carl Dreyer


"Considero que el instante es mucho más importante que la totalidad. Mi fin supremo será hacer que la verdad salga de mis personajes y del cuadro de la acción."

Lars von Trier


"El cine no es el reflejo de la realidad, sino la realidad de ese reflejo."

"Cuando los espectadores miran una película en televisión, lo que ven no es un filme sino la reproducción de un filme."

Jean-Luc Godard


"Para ver hace falta tener la fuerza de producir lo que se quiere ver."

Daniele del Giudice


"El cine no es un trozo de vida, sino un trozo de tarta."

Alfred Hitchcock

UNA MUJER CON FORMA DE ÁRBOL

Anoche estuve de excursión. Visité un lugar que ya no existe. La casita de la puerta azul vomita cemento por sus tres agujeros. Ya no puede respirar. La han dejado en coma. Está tapiada, sellada. Convertida en una piedra. Pero late por debajo. Tras el cemento gris solo oscuridad y un montón de recuerdos. “En paz descanse”, han escrito en la puerta.

Ella ya no habla, y un poquito más allá, en un rincón, se amontonan algunos enseres. Una bombona, un carrito del súper, una silla. Naturalezas muertas.

Hago una foto y al abrirla en mi teléfono, veo un arbolito que ha posado para mí. Frente a todas esas cosas el arbolito parece una persona, más concretamente una mujer. Una mujer morena de larga melena. Está erguido, tieso, hermoso. Tiene una copa pequeña pero frondosa, de un verde muy verde. Reclama protagonismo.

En el rincón más olvidado de la colonia, crece un arbolito muy humano. Rodeado de casas mudas, él ya es el único que se atreve a decir algo.

LOLITA

La primera vez que abrí Lolita tenía poco más de 20 años. Lo cogí al azar, por aburrimiento. Era el penúltimo de una colección de cuarenta libros blancos que adornaban mi estantería blanca. Detrás de él, el número 40, era El viejo y el mar, de Hemingway. Pasaba muchas horas sola lejos de casa y buscaba algo que llenase mi tiempo. Necesitaba ocupar mis horas y mi cabeza. Y escogí Lolita por el nombre. Me pareció precioso que alguien le hubiera puesto un nombre tan bonito a un libro. ¿Lo querría el autor como a una hija? Puede que más, porque lo que hizo con esa historia solo puede nacer de algo instintivo, visceral.

Lolita es de verdad. Es esencial. Es un baile para la lengua y el paladar. Un masaje para el cerebro.

Lolita es la novela con la que empecé a soñar hacia adentro. El libro que me hizo amar la literatura.

Buscaba llenar las horas y encontré una historia que las hizo rebosar.

“Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita.”

DEBAJO DE MI VENTANA

Vivo en un primero. La ventana de mi dormitorio da a una calle estrecha, alargada, menuda. Cuando me meto en la cama me duermo con retazos de vidas ajenas, con palabras sueltas pronunciadas a escasos metros de donde estoy tumbada. Antes de perderme en mi subconsciente, frases inconexas y emociones de todo tipo rompen el silencio que me invadirá en poco tiempo.


Voz de hombre: "¡Llama a tu abogado! ¡Llámale! ¡Que yo voy a llamar al mío! ¡Taxi!". Al poco, un frenazo, un portazo y el motor de un coche. Tacones que se alejan.

Tres voces jóvenes entonan una canción en italiano desde el final de la calle. Ópera. Son rítmicas, melódicas y estan perfectamente ensambladas. Me asomo. Absorta, en pijama, asisto a una actuación magnífica hasta que los vecinos les mandan callar.

Carcajadas sonoras en plena noche. Chicas que no pueden aguantar la risa. Se ríen de alguien. Han bebido de más. Las risas y la envidia desaparecen con ellas.

Alguien chuta una lata aplastada desde el fondo de la calle. Ni se imagina el estruendo que hace en plena madrugada. Tres minutos eternos. Desidia, vacío. Soledad.

Una chica triste que pasea. Camina, habla por teléfono y llora. Sus palabras son ininteligibles. Se aleja con su llanto.

Sonidos, palabras, pasos, golpes. La vida pasa por debajo de mi ventana mientras yo me alejo de ella. Hasta el día siguiente. Hasta la noche siguiente. De madrugada. Desde mi ventana.