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EN MI MUNDO



En mi mundo la gente se arroja por las ventanas porque los señores que mandan los echan de sus casas para tapiarlas y dejarlas morir, como a sus habitantes.

En mi mundo los señores que mandan se quedan con las casas de la gente y las acumulan. Codicia amparada por ley. Grandes montañas de casas vacías están devorando el país. En un tiempo posiblemente moriremos aplastados por ellas. Pero lo importante es cumplir la ley. Y pagar, siempre. Respirar es secundario.

En mi mundo lo más importante es el dinero, la persona no vale mucho.

La importancia de la persona es equivalente al valor de sus bienes  -así hablarían ellos, los que mandan, con su rectísimo lenguaje económico-. Así que una vida no vale nada si su deuda no se puede pagar.

Lo mejor de todo es que en mi mundo esas casas se quedan vacías. Paredes y suelos habitables inhabitados convertidos en raciones de montañas de avaricia. Estamos rodeados de hogares muertos, de cadáveres putrefactos de yeso y cemento. Y lo peor de todo es que ya nos estamos acostumbrando a ello. ¿No notáis el olor a podrido?

A los señores que mandan se les ha olvidado lo que son y lo que hacen aquí, o sea, en el Planeta Tierra. Creo que no saben nada del amor. Creo que no saben en qué consiste la vida. Pero también creo que intentar explicárselo es tiempo perdido. Con ellos se pierde la fe.

*Foto del espectáculo "Nubes", del equipo de Arcadanza.

APOYADOS EN LA BARRA

Me invitan a un programa de radio en el que cada semana un poeta captura la esencia de un cortometraje y le dedica un poema. ¿Hay algo más bonito que eso? He sido tan afortunada que gracias al programa Radio Círculo, dirigido por Edu Cardoso, David Alfaro Simón ha escrito un poema inspirado en mi cortometraje “Una flor en recepción”. Estas cosas deben compartirse. Es una obligación moral. Porque todavía hoy hay desconocidos que regalan belleza a cambio de nada. Y en los tiempos que corren eso es más que mucho.

Tantos codos en la barra

que faltan dedos para contar.


Un bostezo amanece en el redil;

El aire le hace creer que es libre

y la discusión calienta el puchero

justo antes de la cena de los martes.

Le dijeron que había malos

y él solo se lo creyó.

Le dijeron que no pensara

y le dio por imaginar

que, seguramente, tendría que haber buenos.

Incluso, dicen, le dio por pensar,

en la existencia de un orden lógico

donde su mano no podía cambiar

el lugar que tenía su mano;

Ni contar los dedos de los codos

que se apoyan en la barra.


El aire le hace saber que es libre

como buen ignorante redimido

que no imagina que también

respiran los esclavos,

ni que hay esclavos

que pierden la esperanza manteniendo la fe

antes de saber que son esclavos.


Y todo porque cambiaron los nombres

de los buzones y las puertas

mientras dormías por la noche;

en ese justo momento

en que menos importa el aire,

porque se toma realmente en libertad.


Vinieron entonces a tocar el timbre,

abalados por un futuro

que esquivaba el beriberi,

esa enfermedad tan de pobres

que es mejor tratar de olvidar,

sin caer en que el hambre aprieta más

cuando se tiene lleno el estómago

y vacío el porvenir.


No creas que van a tener ganas

de charlar contigo cuando seas anciano.

No dudes nunca que tendrán a tu edad

los mismo años que tú tienes ahora

y las mismas ganas de hablar con los ancianos.

Y tarde ya vas a comprender

que podías haber tomado decisiones,

cambiar tu mano con tu mano

y prever que los malos hacen las cosas

que te aseguran no puedes tú hacer.


Y será ese día cuando descubras

que te engañaron y que ya no queda

imaginación ni tiempo para enmendarlo.


Porque, ahora por fin sabes,

lo que ellos tanto tiempo te ocultaron:

Es imposible contar mientras tienes los codos

apoyados en la barra.

UNA SOMBRA SIN NOMBRE


Un cuerpo negro se guarda del Sol bajo un árbol que no da sombra. Al fondo su casa, un pequeño iglú de paja y barro, y el cielo. Nada más. Un árbol, una casa, una nube. Un cuerpo que yace solo esperando. El olvido. La muerte.

Un coche pasa, le deja unos sobres de comida deshidratada y se marcha. El cuerpo vuelve a quedarse solo. Llegará la noche. Volverá a hacerse de día. Y así infinitamente. Hasta que, una mañana, el amanecer nos enseñe el cuerpo tumbado bajo el árbol tras una noche en que ya no pudo moverse para volver a casa.

Entonces el árbol esquelético por fin podrá alimentarse del cuerpo negro. La espera acaba. La sombra muere. El olvido vence.


*Foto de Xavi Herrero

EL BARRIO DE MANUELA


El otro día me encargaron un texto sobre Madrid. De lo que yo quisiera. Como no tenía tiempo cogí lo que tengo más a mano, un lío maravilloso de abuelos, niños y borrachos llamado Malasaña.

MADRID I ELS SEUS RACONS II

Si buscas un lugar en Madrid en el que valga la pena perderse para no volver a encontrarse jamás, tienes que ir al barrio de Malasaña, oficialmente conocido como “el barrio de las Maravillas”, una mezcla singular de nuevo y viejo, de vicio, lujuria y castidad, de luz y de mucha oscuridad. Un barrio de esos que solo existen en las grandes ciudades.

En Malasaña (que podría traducirse como “crueldad intolerable”) hay esparcidos un montón de rincones únicos. Solo tienes que entrar en el barrio y estar atento. Solo tienes que fijarte en cada pared, en cada tiendecita, en cada zapato de cada tiendecita. Y paseando paseando llegarás al corazón del barrio, la plaza Dos de Mayo, un lío de abuelos, niños, borrachos y perros en el que el tiempo pasa muy despacio porque no quiere perderse.

Malasaña huele a rancio, a antiguo. Por las noche huele a pis y a cerveza, pero cuando sale el sol uno se da cuenta que cada baldosa ha soportado y aun soporta el peso de muchas vidas, empezando por la de la chica de la que heredó el nombre -Manuela Malasaña Oñoro era una joven costurera que asesinaron las tropas napoleónicas durante la represión posterior al levantamiento del 2 de mayo por llevar encima sus tijeras, (es que decían que iba armada)-.

Aunque si por algo se conoce a Malasaña es porque se convirtió en el centro neurálgico de la Movida de los 70 y 80. De esa época aun se conservan dos mitos: La Via Láctea y el Penta, ese pub polvoriento que sirvió de inspiración a Antonio Vega para cantarle a su chica de ayer. Pero estos espacios no son los únicos que esconden recuerdos del barrio. La Gata Flora o el Café Pepe Botella también podrían decir muchas cosas si sus paredes se pusieran a hablar un buen día. Solo habría que intentarlo. Pero entonces el barrio de la crueldad intolerable perdería una parte del encanto que desborda, y eso no lo podemos permitir.

GP11

Ya sé que Gran Hermano es una patraña. La Gran Patraña. Que no enseña nada y que si encima hablo de ello le estoy dando coba y publicidad. Lo sé. Siempre he dicho que es mejor darse de cabezazos contra la pared que ver ese programa. Pero es que hay un día, uno solo día, que me permito la desfachatez de verlo: el primero. Ese día en el que entran los concursantes y enseñan presentaciones grabadas de lo que se supone que es más destacado de cada uno de ellos. Es muy gracioso. Parece hecho con sentido del humor, aunque pretenda ser algo serio.

¿Lo habéis visto este año? No ha tenido desperdicio. Nada más encender la tele vi a una mujer con una cabeza muy grande –efecto óptico causado por su peinado fashion-, que hablaba gallego y no se callaba ni debajo del agua. Resulta que esta es la madre de otra que concursa, una binguera con unas tetas muy grandes que en la presentación dijo: “Estoy soltera y entera, no para el que me quiera sino para quien yo quiera”, como si hubiera sido poético muy original. Otra salió diciendo que le gustaban los tíos cachas, rubios y con ojos azules y que a ver si metían uno así en el programa (al rato entró uno así en la casa).

Pero lo mejor de todo fue una (que yo creo que tiene que ser actriz porque eso no es normal), que no se despega de una muñeca a la que llama “Rosita” y que dijo que tiene dos personalidades: “La Rebequita, que es la que soy normalmente; y la Rebecota, que es cuando me enfado”. Fue muy surreal. Y salía en su vídeo metiéndose en la cama con su muñequita y un pijama de niña de 8 años.

También, por supuesto, está el guaperas de turno, un tipo de 32 años que tiene, en Estados Unidos, tres hijos de tres mujeres distintas, y uno de cada raza: uno afroamericano, una mexicana y otro de no sé dónde. El tipo lo decía tranquilo y contento, y lo de las razas le encantaba, porque se siente como muy macho y fecundo.

Luego está la jovencita, una rubita de 19 años con cara de ingenua pero bastante bastante guapa que acabará en la portada de Interviú cuando la echen. ¡Ah! Y este año han elegido a un minusválido, un chico murciano que con 16 años se quedó en silla de ruedas por un accidente de moto. “Voy a demostrar que puedo hacer cualquier cosa, como los demás, ya lo veréis”, decía. Y su hermana, en el plató, con lágrimas en los ojos decía que el chaval había luchado mucho por entrar en la casa, que era un sueño. En fin.

¡¡Me olvidaba!! También han metido a un matrimonio, dos chicas que no pueden decir ni que se conocen ni que están casadas. Se las veía muy felices. A ver cómo están cuando salgan de esa casa de locos/as. Luego ya me fui a dormir, tenía sueño. Eso sí, está claro que la que mejor se lo pasa es la Milá, que habla de ellos y con ellos como si fueran sus vástagos.

Se ve que a todos los candidatos les han hecho un montón de pruebas: entrevistas, exámenes psicológicos, chequeos médicos… Y yo no sé cómo se lo montan, que parece que cada año se superan. A ver si algún día deciden hacer un programa con gente normal.


* Parece que la foto que he puesto no pegue con Gran Hermano, pero sí que pega. Se titula "Una Casa de Locos" o "Manicomio" y es de Goya (espero que me perdone si ve para qué la he utilizado).

ESCRIBIR ENTRE LÍMITES

Mi profe de guión de cine dice que escribir entre límites es bonito. Cuando lo dijo estuve a punto de levantar la mano para contradecirle, pero no me atreví (cobarrrde). Además él estaba tan empeñado en convencernos de que escribir guiones es bonito que decirle lo contrario hubiera sido casi una falta de educación.

Escribir guiones no es bonito. Es interesante, reconfortante, espeluznante, radiante, acojonante. Brillante. Es un reto. Una manera de escribir diferente a todo que solo se llama escribir porque consiste en combinar letras y palabras. Pero bonito, lo que se dice bonito, no es. Encontré la definición perfecta en un libro: “escribir es la antiperformance del guión” o, lo que es lo mismo, el guión es la antiperformance de la escritura.

¿Sabéis que el guionista en realidad no escribe? Lo que hace es tramar, describir, narrar, que no es lo mismo. Construye un texto –en el sentido más arquitectónico de la palabra- repleto de acciones, porque sin acciones no hay vida y sin vida no hay película. Cuando hablo de acciones estoy teniendo en cuenta que el que no hace nada está haciendo algo, que es no hacer nada. ¿Me explico? Creo que sí. O sea que cada palabra que ponga el guionista en el papel tiene que tener una razón de ser –porque el espacio es tiempo y el tiempo es dinero-. Sino resulta que el guión es una mierda.

En estas clases se acabó la literatura, el andarse por las ramas y el hablar con metáforas. Aquí se habla con imágenes, con símbolos, con todo aquello que le puedas explicar a un ciego (esto también es de mi profe). Si hay algo que no le puedas explicar a un ciego, no sirve. ¡Qué difícil! ¡Y encima tienes que tener en cuenta la estructura! Con sus actos, secuencias y escenas, con sus puntos de giro y sus antagonistas, con sus líneas de desarrollo… Nunca pensé que esto iba a ser tan complicado.

Pero lo dicho, es complicado pero adictivo. No puedo dejar de ir a esas clases que comparto con dentistas, matemáticos, periodistas y publicistas. No puedo dejar de escribir los ejercicios que nos ponen cada semana pensando que, a lo mejor, serán leídos en alto y luego destripados por todos y cada uno de mis compañeros. No puedo dejar de ver las películas que nos mandan para que luego me expliquen cómo fueron pensadas y construidas.

Y pensar que los guionistas, seres superiores donde los haya, están tan abandonados de la mano de Dios…

(Para el que le interese, mis profes se llaman Pedro Loeb y Fermín Cabal y la escuela es la Factoría del Guión, en Madrid, un lugar donde lo único que tengo que objetar son las sillas y la ausencia de cojines).