Ver a la misma gente seis horas al día durante los ocho años más importantes de tu vida –los años del cole- hace que esas personas se introduzcan dentro de tí para siempre. Es como si estuvieran grabadas a fuego en la memoria porque, aunque pasen los años, siguen teniendo la misma voz, los mismos gestos, la misma manera de relacionarse con el mundo y los dos mismos apellidos que oías cada día cuando el profesor pasaba lista.
Es curioso darse cuenta de cómo todos nacemos predestinados. Comprobar que, quien en el cole dibujaba bien ahora ilustra cuentos, que quien hacía gamberradas ahora es un bala perdida y que quien era bueno en gimnasia no puede vivir sin el deporte.
Hace unos días nos reunimos ocho compañeros del cole, ocho personitas que hacían plástica, gimnasia, mates y natus en los 80. Un policía, un dentista, dos periodistas, un fotógrafo, una dibujante, una deportista y una trabajadora del Ayuntamiento sentados a una misma mesa recordando, todos juntos, las clases de moral civismo, los vales de buen comportamiento y las croquetas del comedor. Ecs! Recordando aquél día en que Dani se clavó un diente en la rodilla, las broncas de Marisa, los cumpleaños de las gemelas o cómo Jordi lanzaba las ya mencionadas croquetas por la ventana.
En realidad íbamos a ser 12 pero, llegado el momento de la verdad, cuatro pensaron que tenían mejores cosas que hacer. Yo, hoy, pienso que nunca hay nada mejor que hacer que reunirse con esos niños que ya han crecido pero que para tí siempre serán los niños de tu clase, aquellos con los que compartiste las fotocopias de Bola de Drac, los días de carnaval y el viaje de fin de curso.
Ahora, 15 años después, los temas son otros: hablamos de hijos, de lo mal que está el trabajo, de romances con waterpolistas, de los puntos del carnet y de los novios que nos han dejado. Lo de siempre pero con los niños de clase, esos que saben más de ti que todos los que han llegado después.



